PARROQUIA SANTA CECILIA
PASTORAL JUVENIL


Inicio


Acerca de
Suscríbete al blog

Categorías
General [18] Sindicar categoría
ENCUENTRO JUVENIL [2] Sindicar categoría
PARROQUIA [7] Sindicar categoría
VIDEOS [4] Sindicar categoría
VINCULOS [2] Sindicar categoría

Archivos
Junio 2009 [1]
Abril 2009 [1]
Marzo 2009 [3]
Febrero 2009 [5]
Enero 2009 [1]
Diciembre 2008 [2]
Septiembre 2008 [5]
Julio 2008 [1]
Mayo 2008 [4]
Abril 2008 [4]
Noviembre 2007 [2]
Marzo 2007 [1]
Octubre 2006 [1]
Julio 2006 [1]
Mayo 2006 [1]

 


AÑO SACERDOTAL

Queridísimos Sacerdotes:

 

Dentro de unas dos semanas – viernes 19 de junio, Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús – podremos vivir un intenso momento de fe, muy unidos al Santo Padre y entre nosotros, cuando en la Basílica Papal de San Pedro en el Vaticano celebraremos las Vísperas e comenzaremos el Año Sacerdotal.

 

Estamos ciertamente llamados a la conversión en cada día, pero en este Año lo somos en una manera muy particular, juntamente a cuantos han recibido el don de la Ordenación sacerdotal. ¿A qué debemos convertirnos? Conversión para ser siempre más auténticamente aquello que somos, conversión hacia nuestra identidad eclesial para un ministerio que sea absolutamente consecuente con dicha identidad, con el fin de que una renovada y alegre conciencia del nuestro “ser” determine nuestro “hacer”, o mejor, ofrezca el espacio a Cristo, Buen Pastor, para que El pueda vivir dentro de nosotros y actuar a través de nosotros.

 

Nuestra espiritualidad no puede ser otra que la de Cristo, único y Sumo Sacerdote del Nuevo Testamento.

 

En este Año, que el Sumo Pontífice ha providencialmente proclamado, buscaremos todos juntos la referencia a la identidad de Cristo, Hijo de Dios, en comunión con el Padre y el Espíritu Santo, hecho Hombre en las entrañas virginales de María; a su misión de revelar al Padre y a su admirable diseño de salvación. Esta misión de Cristo comporta también la construcción de la Iglesia: El Buen Pastor (cfr. Ju. 19, 1-21), que da su vida por la Iglesia (cfr. Ef. 5, 25).

 

Convertirse sí cada día para que el estilo de vida de Cristo sea cada vez más el estilo de cada uno de nosotros.

 

Debemos ser para los hombres, debemos comprometernos a vivir en comunión con el santo y divino amor con la gente; una amor que da la vida (he aquí incisa la riqueza del sagrado celibato), que obliga a la solidariedad auténtica con los que sufren y con los pobres de toda pobreza.

 

Debemos ser obreros para la construcción de la única Iglesia de Cristo por lo cual debemos vivir fielmente la comunión de amor con el Papa, con los Obispos, con los hermanos sacerdotes y con los fieles. Debemos vivir la comunión con camino jamás interrumpido de la Iglesia en el interior del Cuerpo místico.

 

Debemos poder correr espiritualmente en este Año “dilatato corde” correspondiendo a nuestra vocación para así poder mejor decir con verdad: “no soy yo quien vive, es Cristo que vive en mi” (Gal. 2, 20).

 

La santidad de los sacerdotes esparce todo un beneficio al Cuerpo eclesial y es por eso que los fieles ordenados – como también los seminaristas, religiosos, religiosas y fieles laicos – todos juntos podremos encontrarnos en la Basílica Vaticana en ocasión de la Vísperas presididas por el Santo Padre, después de haber acogido la reliquia del corazón de aquel luminoso modelo, que es San Juan María Vianney.

 

Todos aquellos que no tendrán ocasión de estar presentes podrán unirse espiritualmente en sus propios lugares.

 

Entrada a la basílica a las 16,00.

Llegada de la Reliquia a las 17,30. Seguirá la celebración de las Vísperas.

Los billetes para la entrada se deberán pedir por medio de fax (+39 0669885863) a la Prefectura de la Casa Pontificia y se entregarán un día antes en el “Portone di Bronzo”, debajo de la columnata, al lado de la Basílica.

 

Los Sacerdotes vestirán el hábito propio; los Religiosos el del Instituto al que pertenecen.

 

El Año Sacerdotal terminara con una Reunión Internacional en Roma, los días 9-10-11 de junio de 2010. Se dará amplia información sobre el tema durante este mes de junio.

 

Todos cuantos tengan interés en participar y para cualquier asunto pueden ponerse en contacto con la “Opera Romana Pellegrinaggi”, Via della Pigna 13/a, I-00186 Roma – tel. (0039)06-698961.

 

 

X Mauro Piacenza

Arzob. Tit. de Vittoriana

Secretario

 

Por Mauro Piacenza - 3 de Junio, 2009, 12:42, Categoría: PARROQUIA
Enlace Permanente | Comentar | Referencias (0)

JUEGO DE SAN PABLO

jueguenlo

Por ENJUD - 13 de Abril, 2009, 11:37, Categoría: General
Enlace Permanente | Comentar | Referencias (0)

La sombra propia

El que no da la cara a la luz, se obliga a caminar detrás de su propia sombra.

¡Qué difícil es ser realista en la propia vida! Resulta más fácil entregarnos a nuestra propia sombra, a nuestros sueños, a la marca que dejamos en el suelo.

Porque la realidad tiene siempre mucho de imprevisible. Nos supera y nos envuelve. En ella nos encontramos colocados y no la podemos manejar, como lo hacemos con la carretilla de nuestros sueños. La sombra no tiene peso, y por eso al proyectarla contra un obstáculo fácilmente lo supera. Se retuerce, se amolda, trepa y se alarga. Ha logrado muy fácilmente superar el obstáculo con el que nos topamos en el camino. La sombra ha pasado. Pero nosotros no. Porque el obstáculo es real. Y nos encontramos detenidos por lo que se atraviesa ante nuestros pies.

Es probable que en ese momento giremos la carretilla de nuestra sombra y creamos seguir tras ella simplemente porque la seguimos empujando delante nuestro. Y así vamos sembrando nuestra vida con trozos de camino que terminan siempre en fracasos, aunque no tengamos el coraje de reconocerlo, autoengañándonos con la convicción de ser leales a una idea.

Pero el que se anima a dar la cara a la luz, obliga a su sombra a marchar detrás suyo, haciendo su mismo camino. Porque el que camina con la luz de la realidad en sus ojos, también tiene su sombra. Pero no la sigue. Es ella la que lo sigue a él. Y su sombra no supera obstáculos que previamente no hayan sido traspasados por los pasos reales del que camina.

Hombres y sombra realizan así un mismo camino. Ideales y realidad forman una misma historia. Probablemente los ideales tocarán menos realidades, pero éstas serán aquellas que han obligado al hombre a crecer y avanzar.

Este hombre ha aceptado las exigencias de la luz en su camino. Exigencias dura. Pero que han unificado su huella, y que en definitiva le habrán permitido llegar, cuando tenga que entregar su sombra madura a la noche.

Sólo el hombre con una sombra madura puede esperar sin miedo la luz de un nuevo amanecer. Será un hombre que ha hecho su camino.

"Cuando no se quiere ver,
no hay más que cerrar los ojos.
Pero no es bueno, a mi antojo
ser ciego, y por voluntá.
Castiga más la verdá
en rancho que usa cerrojos.

(José Larralde)


Eres la luz para el camino

Señor,
eres la luz para el camino,
por eso si te volvemos la espalda
tropezamos, caemos
y nos hacemos daño.

Claro que no siempre es fácil
dirigir la mirada hacia la luz,
porque ella descubre
nuestras oscuridades,
y llega a los rincones
de nuestra vida
que deseamos ocultar.

Tu luz nos ayuda a entender
la realidad que vivimos,
y evita que andemos como ciegos
a los tumbos y sin reconocer
las señales de tu camino.

Señor, ayúdanos a abrir los ojos,
amanece cada día
para alumbrar nuestros pasos.
Enséñanos a caminar
contemplando la realidad
desde tu mirada,
para poder superar los tropiezos
y dificultades,
para avanzar en tu proyecto
y crecer en la esperanza.

- Que así sea -

Por por Mamerto Menapace, publicado en Madera Verde, Editorial P - 21 de Marzo, 2009, 11:33, Categoría: General
Enlace Permanente | Comentar | Referencias (0)

PENSAMIENTOS

SI MI FELICIDAD RESULTA INSOPORTABLE, DISCULPENME, NO HICE DE LA CORDURA MI OPCION

  "La meta no existe. El camino y la meta, son lo mismo. No tenemos que correr hacia ninguna parte, solo saber dar cada paso plenamente

    

    

    

    

SOY GUERRERO, MI ESPADA ES EL AMOR; MI ESCUDO EL HUMOR, MI HOGAR LA COHERENCIA, MI TEXTO LA LIBERTAD

Por ENJUD - 9 de Marzo, 2009, 11:40, Categoría: General
Enlace Permanente | Comentar | Referencias (0)

PONTE EN LAS MANOS DE DIOS

Creo que todos, en algún momento de nuestra vida, llegamos a sentir la soledad. Esa sensación de que no hay nadie alrededor nuestro, o que nadie nos entiende, o que todos nos abandonaron.

Sea que lo hayas sentido en el pasado o que lo estés experimentando ahora, la verdad es que hay Alguien contigo ahora mismo del cual nadie puede alejarte.

"¿Quién podrá separarnos del amor de Jesucristo? Nada ni nadie. Ni los problemas, ni los sufrimientos, ni las dificultades. Tampoco podrán hacerlo el hambre ni el frío, ni los peligros ni la muerte.

En medio de todos nuestros problemas, estamos seguros de que Jesucristo, quien nos amó, nos dará la victoria total. Yo estoy seguro de que nada podrá separarnos del amor de Dios: ni la vida, ni la muerte, ni los ángeles, ni los espíritus, ni lo presente, ni lo futuro, ni los poderes del cielo, ni los del infierno, ni nada de lo creado por Dios.

¡Nada, absolutamente nada, podrá separarnos del amor que Dios nos ha mostrado por medio de nuestro Señor Jesucristo!" Romanos 8:35, 36-39


"Porque el Señor tu Dios, Italo, es un Dios compasivo, que no te abandonará ni te destruirá, ni se olvidará del pacto que mediante juramento hizo con tus antepasados". Deuteronomio 4:31


"Aunque cambien de lugar las montañas
y se tambaleen las colinas,
no cambiará mi fiel amor por ti
ni vacilará mi pacto de paz,
dice el Señor, que de ti se compadece". Isaías 54:10


"Nuestro Dios es como un castillo que nos brinda protección. Dios siempre nos ayuda cuando estamos en problemas." Salmos 46:1

Así que pon tus preocupaciones en las manos de Dios, pues él tiene cuidado de ti. 1 Pedro 5:7

Por DEVOCION TOTAL - 2 de Marzo, 2009, 9:22, Categoría: General
Enlace Permanente | Comentar | Referencias (0)

EL AMOR

Una mujer regaba el jardin de su casa

y vio a tres viejos con sus años de experiencia
frente a su jardín.



Ella no los conocía y les dijo:
No creo conocerlos, pero deben tener hambre.
Por favor entren a mi casa para que coman algo.


Ellos preguntaron:


-¿Está el hombre de la casa?


-No, respondió ella , no está.


-Entonces no podemos entrar, dijeron ellos.
Al atardecer, cuando el marido llegó,
ella le contó lo sucedido.


-¡Entonces diles que ya llegué invítalos a pasar! .
La mujer salió a invitar a los
hombres a pasar a su casa.


-No podemos entrar a una casa los tres juntos, explicaron los viejitos.


-¿Por qué?, quiso saber ella.


Uno de los hombres apuntó
hacia otro de sus amigos y explicó:
Su nombre es Riqueza.

Luego indicó hacia el otro.
Su nombre es Éxito

y yo me llamo Amor.


Ahora ve adentro y decide con tu marido
a cuál de nosotros 3 desean
invitar a vuestra casa.


La mujer entró a su casa y
le contó a su marido lo que ellos le dijeron.
El hombre se puso felíz: ¡Qué bueno!
Y ya que así es el asunto
entonces invitemos a Riqueza,
que entre y llene nuestra casa.


Su esposa no estuvo de acuerdo:
Querido, ¿porqué no invitamos a Exito?


La hija del matrimonio estaba escuchando
desde la otra esquina de la casa
y vino corriendo.
¿No sería mejor invitar a Amor?
Nuestro hogar estaría entonces lleno de amor.


Hagamos caso del consejo de nuestra hija,
dijo el esposo a su mujer.
Ve afuera e invita a Amor a que
sea nuestro huesped.
La esposa salió y les preguntó
¿Cuál de ustedes es Amor?
Por favor que venga y
que sea nuestro invitado.


Amor se sentó en su silla y comenzó
a avanzar hacia la casa.

Los otros 2 también se levantaron
y le siguieron.


Sorprendida, la dama les preguntó
a Riqueza y a Exito:
Yo invité sólo a Amor
¿porqué Uds. también vienen?.


Los viejos respondieron juntos:


-Si hubieras invitado a Riqueza o
a Éxito los otros 2 habrían permanecido afuera,
pero ya que invitaste a Amor,
donde vaya él, nosotros vamos con él.


Donde quiera que hay amor,
la riqueza y el éxito llegan detras de el.


MI DESEO PARA TI ES. . .


Donde haya dolor,
te deseo paz y Felicidad.Que la soledad no llene el lugar que podria ocupar la persona que te ama, dejalo entrar y el exito y la riqueza llegaran detraz.


Donde hay falta de fe en tí mismo,
te deseo una confianza renovada
en tu capacidad para superarla.


Donde haya temor, te deseo amor y valor.

No dejes escapar al amor retenlo a tu lado.




Por ENJUD - 25 de Febrero, 2009, 10:01, Categoría: General
Enlace Permanente | Comentar | Referencias (0)

Nuestro loro

En casa teníamos un loro.

Pero un loro auténtico. No una cotorra. Ni siquiera se lo hubiera podido confundir con uno de esos loros chicos, que comen girasol y que en norte llaman calancates. El nuestro era un loro grande, nacido en el norte.

Lo habían traído de pichón y se había criado con nosotros, compartiendo nuestra vida de cada día, nuestros entusiasmos y nuestras discusiones. Y fue así como aprendió a gritar muchas cosas.

Se llamaba Pastor. Es cierto que ese nombre se lo habíamos impuesto. Pero él lo había aceptado. Cuando tenía hambre, por ejemplo, y quería suscitar nuestra compasión, repetía en tono triste:

-¡Pobrecito Pastor! ¡La papa para Pastor, pobrecito Pastor! - Y agarraba con una de sus patitas el pedazo de pan familiar.

Aferrándose con la otra de donde estaba apoyado, lo comía con gesto humano. Con gesto de familia.

Cuando sentía torear los perros, gritaba: "¡Fuera, fuera!", y compartía nuestras euforias gritando: "¡Viva Boca!" cuando escuchaba los partidos por radio. Además repetía las órdenes que se daban a los chicos, y así nos mandaba encerrar los terneros, traer agua; o simplemente nos llamaba por nuestro nombre.

En casa lo teníamos por uno más de la familia. Habiendo compartido casi la totalidad de su vida conciente con nosotros, pensábamos que todos sus ideales se identificaban con los nuestros. Lo creíamos un loro domesticado. Le teníamos tanta confianza que le habíamos otorgado plena libertad.

Porque tienen que saber que teníamos otros pájaros: tres cardenales copete rojo y una urraca de monte. Tuvimos tordos y boyeros de esos que hacen su nido como una larga media colgada de las ramas de un algarrobo. En fin, una variedad de otros pájaros salvajes. Pero a todos los teníamos en cerrados en sus jaulas. De ellos nos interesaban sus trinos y sus colores; pero sabíamos que no deseaban compartir nuestra vida. No estaban integrados.

En cambio nuestro loro, no. Se subía a nuestros mismos árboles y gateaba las mismas ramas que nosotros, los chicos. Nuestro parral era también suyo. Y los días de lluvia o frío compartía la tibieza de nuestra cocina.

Para saber dónde estaba, bastaba con gritar fuerte:

-¡Pastor!…- y él, desde su rama o su rincón contestaba:

-¡Eu!

Con pico y patas descendía hasta uno para tomar su pedazo de pan familiar.

Eso sí. Tenía sus agresividades. ¡Cómo no! Y también sus antipatías. Eso era lógico. A todos en casa nos pasaba más o menos lo mismo.

Pero no. Seguramente no fue ése el motivo de su insólita actitud aquella tarde de otoño.

Sí. Era otoño. Lo recuerdo bien. Como una cicatriz de mi infancia. Era otoño porque aquella tarde casi todos los mayores estaban juntando algodón en el campo. Papá estaba en el pueblo. Algunos estábamos en la escuela, y sólo quedaba en casa mamá y uno o dos de los más chicos. Habrán sido las tres o cuatro de la tarde. Cada uno estaba en lo suyo, y todo parecía estar en paz.

Viniendo desde el sur, una bandada de loros salvajes emigraba hacia el norte; hacia las selvas, las Cataratas, el Paraguay. Su vuelo nervioso era apuntado por esos gritos característicos del loro en vuelo:

-¡Creo, creo, creo!…- y la bandada pasó sobre mi casa.

¿Qué le pasó a nuestro loro? ¿Habrá estado triste, disconforme? ¿Se habrá sentido oprimido o alienado? Puedo asegurarles que en casa no le faltaba nada y papá era exigente en que no se maltratara a ningún animal; menos al loro familiar por el cual sentía afecto especial.

No. Estoy seguro de que no. No fue por ninguno de esos motivos. No fue para liberarse de algo. Fue simplemente porque sintió que algo se liberaba en él. Sacudido por ese grito ancestral de su raza en vuelo, también en él surgió la necesidad imperiosa de afirmar su fe en aquellas realidades primordiales que constituyen la esencia de todos los loros. Y agitando sus alas torpes, no adiestradas para el vuelo, lanzó también él ese grito que le dormía dentro:

-¡Creo, creo, creo!… - y se largó a volar.

Fue sólo un gesto. Una manera de concretizar su profunda fe en las selvas, en las cataratas, en yerbales y naranjales que él nunca viera, y que nunca serían plenamente suyos.

La bandada se perdió pronto sobre los chañares, arreando hacia el norte su profesión de fe.

Nuestro loro no pudo seguirla. A las pocas cuadras perdió altura y aterrizó. No estaba adiestrado para el vuelo largo. En nuestra familia nadie tenía esas oportunidades, y a él mismo nunca se había presentado la necesidad de ensayarlas.

Esa noche, al reencontrarnos todos nuevamente reunidos en familia, notamos la ausencia de Pastor. En su media lengua, mi hermanito menor dio a entender que el loro se había volado hacia el norte. Alguien creyó recordar que, efectivamente, a media tarde una bandada de loros había sobrevolado el algodonal.

Todos lamentados sinceramente que nuestro loro se hubiera podido ir con ellos. Y a todos nos sobrecogió el temor por los peligros que acecharían a Pastor, ya que sabíamos que era imposible que hubiera podido seguir el ritmo de la bandada. Caído a mitad de vuelo, quizás no habría un árbol cerca; así estaría en pleno campo bajo el peligro de los zorros o de los gatos. Una de mis hermanas - la más sensible - se largó a llorar.

Con todo, creo que se exageraron un poco los peligros. Probablemente lo que nos preocupaba no era tanto las dificultades que encontraría nuestro loro en su nueva situación, cuando el haberlo perdido. Sobre todo nos mortificaba que ya no fuera nuestro loro.

De hecho, Pastor había caído a unas pocas cuadras entre el algodonal. Dos o tres días después lo encontramos. ¡Pobre!, daba lástima. Estaba muerto de hambre. Y lo descubrimos justamente porque al pasar cerca de él, se puso a gritar esa serie de frases familiares que había aprendido entre nosotros. Sus ¡vivas! y sus ¡fuera! Fue así como descubrimos su paradero.

Todos nos alegramos de haberlo reencontrado. Y todos estuvimos de acuerdo en que había que cortarle las plumas de sus alas para que no volviera a repetir la experiencia. Hasta mi hermana - ¡la más sensible! - estuvo de acuerdo también. Porque Pastor nunca podría seguir a las bandadas. Por tanto había que impedirle nuevas experiencias.

Hoy, al pensar en aquella decisión de mi familia, me pregunto: "¿Fue un auténtico y sincero cariño por Pastor lo que nos llevó a cortarle las alas para evitarle problemas?".

Tal vez hubiera sido mejor darle mayores oportunidades de vuelos controlados, para que realmente estuviera capacitado. No sé. Por ejemplo, se lo podría haber llevado lejos, dejándolo luego un poco solo, para obligarlo a volar por su cuenta hasta nosotros. Así, a la vez que ensayaba el vuelo largo, aprendería a tomar nuestra casa como punto de referencia y lograría realizar el vuelo de retorno.

Pero tengo que reconocer que fuimos egoístas. Preferimos la solución fácil. Pastor fue humillado y perdió las hermosas plumas de colores de la punta de sus alas.

Pienso que también dramatizamos algo que no era para tanto. ¿Qué es lo que en el fondo había hecho Pastor? Seguramente, su gesto no fue un signo de protesta contra nuestro estilo de vida familiar. No fue un querer irse porque estuviera en desacuerdo, o como un decirnos que todos sus gestos anteriores habían sido un simple formulismo hecho sin convicción; como si nunca hubiera compartido auténticamente lo nuestro.

Simplemente había sentido de repente ese grito que despertaba en Pastor una fidelidad que nunca había sentido antes entre nosotros. Era la profesión de fe de su raza en vuelo. Y Pastor, sacudido por ese grito de su raza, había realizado un gesto sin pensar siquiera en las consecuencias, y menos que con ello pudiera ofender nuestra incapacidad de volar.

Se había equivocado. De acuerdo. Pero ¿a quién en casa no le había pasado alguna vez algo parecido, no se había equivocado al escuchar un grito nuevo?

-Habría podido consultar - se me dirá. Pero ¿a quién? Cada uno estaba enteramente ocupado en lo suyo y ni siquiera hubiera podido comprender su intimidad intransferible de loro.

Nosotros sacamos demasiadas conclusiones. La verdad: le tuvimos miedo al futuro. Y olvidamos sus diez mil gestos buenos, profundos, con sentido auténtico, por uno que le fracasó y que había hecho sin consultar.

¡Qué ridículo fuiste, Pastor, durante un tiempo, caminando pasito a paso por los patios, intentando vuelos que irremediablemente terminaban en tumbos, con tus alas amputadas! Para alcanzar las ramas que antes eran las metas de sus volidos, ahora tenías que gatear el tronco con pico y patas como una comadreja. Realmente, Pastor, te hicimos sufrir una gran humillación.

Pero, creémelo: lo pensábamos justificado. Porque con ello asegurábamos tu permanencia definitiva entre nosotros. Nosotros, ¡te hubiéramos extrañado tanto! Con esa decisión de cortarte las plumas y no permitirte el vuelo largo, nosotros nos comprometíamos con vos, con tu futuro, con tu seguridad.

Pero nuestra familia no era dueña del futuro. Ni del tuyo, ni del de ella misma. El futuro es sólo de Dios. ¡Es tan delicado comprender a los demás definitivamente mediante nuestras decisiones arbitrarias y poco generosas!

Unos cuantas años después nuestra familia tuvo que emigrar. Tuvo que dejar ese campo familiar, ese rancho con tantos recuerdos y esos árboles que vos y yo gateábamos rama a rama. Y nos fuimos a vivir al pueblo.

No. No fue fácil acostumbrarse. Tampoco para nosotros. Creémelo. El terreno era pequeño. La casa de material, con pisos de cemento. No había árboles. Al principio ni siquiera teníamos un parral.

Pero si a mi familia se la hacía difícil amoldarse, a vos se te hizo imposible.

No hubo santo. No tenías espacio vital. Comenzaste a ponerte triste. Ya no hablabas. Perdías el color de tus plumas. Andabas todo el día huraño. Y lo que es peor: molestabas en todas partes porque no lograbas ubicarte vos mismo.

Las visitas, que allá en el campo dejabas admiradas, ahora preguntaban para qué te teníamos. Y entre esas visitas, no faltó quien te codiciara. En su casa tenía un lindo bananal.

Y fue así nomás: te vendimos. Siento una profunda vergüenza al tener que confesarlo. Pero… te vendimos. Quinientos pesos viejos. Casi como para decir que carecías de valor. Como quien se saca de encima un estorbo.

La última vez que te vi estabas encaramado entre las hojas del bananal. No diste señales de reconocerme.

Y sin embargo yo quiero creer que no nos guardás rencor.

Necesito creerlo. Para que en mí no muera lo mejor de vos.

Nota: Este cuento no es un cuento. Es un sucedido. Es estrictamente histórico hasta en sus detalles. Por ello puede ser una parábola.

Por por Mamerto Menapace, publicado en La sal de la tierra, Edit - 11 de Febrero, 2009, 14:53, Categoría: General
Enlace Permanente | Comentar | Referencias (0)

QUIERO VERTE MAS


BUENO

Por ENJUD - 11 de Febrero, 2009, 14:45, Categoría: VIDEOS
Enlace Permanente | Comentar | Referencias (0)

TONY MELENDEZ


EJEMPLAR

Por ENJUD - 11 de Febrero, 2009, 14:42, Categoría: VIDEOS
Enlace Permanente | Comentarios 1 | Comentar | Referencias (0)

BUSCADME Y VIVIREIS


BIEN

Por ENJUD - 11 de Febrero, 2009, 10:34, Categoría: VIDEOS
Enlace Permanente | Comentar | Referencias (0)




 

Blog alojado en ZoomBlog.com